Me empieza a costar respirar. Es
la técnica de boas y pitones para neutralizar a sus víctimas. Carecen de veneno
y la única forma que comprenden para seguir viviendo es asfixiar a su presa
hasta que se vuelve un trozo domesticado listo para la digestión. Y ahí estoy
yo, encerrado entre un amasijo de escamas.
Debido a su técnica de caza, las
serpientes de tipo constrictivo tienen numerosísimas vértebras. Algunas, más de
cuatrocientas. Y entre algún número indeterminado y superior a cien se
encuentran mis articulaciones.
Resulta que siempre tienen los
párpados cerrados, pero la piel que recubre los ojos es transparente y por eso
vemos sus maravillosas pupilas, que no en todas las serpientes son rasgadas. En
este caso, tristemente, no alcanzo a verle los ojos, estarán al otro lado de la
vuelta.
Me muero de ganas por
decirle lo mucho que la admiro. Lo sugerente que me parece su piel, su
naturaleza y su existencia me parecen demasiado exóticas como para no ser
tenidas en cuenta y, sin embargo, parece que mi lengua es de lava y lanza magma
abrasador y sofocante. Mis pulmones luchan contra mi caja torácica en un
campeonato por el espacio, que poco a poco es más limitado. Y los anillos se
siguen enroscando y los únicos ruidos son de furia e ira y, no sé aún cómo,
pero tengo que salir de aquí y parece que algo me empuja a luchar en lugar de
huir.
Cada cultura nombra a las
anacondas de una manera distinta, aunque su nombre científico, eunectes,
proviene del griego, que significa “buen nadador”. También parece cierto que
las serpientes viven en muchos y distintos hábitats. Podrían esconderse en
cualquier lugar.
(Segunda parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/02/anaconda-23.html)
Miguel Ángel. 15/01/24, Sevilla
