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jueves, 8 de febrero de 2024

Anaconda (1/3)

Me empieza a costar respirar. Es la técnica de boas y pitones para neutralizar a sus víctimas. Carecen de veneno y la única forma que comprenden para seguir viviendo es asfixiar a su presa hasta que se vuelve un trozo domesticado listo para la digestión. Y ahí estoy yo, encerrado entre un amasijo de escamas.

Debido a su técnica de caza, las serpientes de tipo constrictivo tienen numerosísimas vértebras. Algunas, más de cuatrocientas. Y entre algún número indeterminado y superior a cien se encuentran mis articulaciones.

Resulta que siempre tienen los párpados cerrados, pero la piel que recubre los ojos es transparente y por eso vemos sus maravillosas pupilas, que no en todas las serpientes son rasgadas. En este caso, tristemente, no alcanzo a verle los ojos, estarán al otro lado de la vuelta.

 

Me muero de ganas por decirle lo mucho que la admiro. Lo sugerente que me parece su piel, su naturaleza y su existencia me parecen demasiado exóticas como para no ser tenidas en cuenta y, sin embargo, parece que mi lengua es de lava y lanza magma abrasador y sofocante. Mis pulmones luchan contra mi caja torácica en un campeonato por el espacio, que poco a poco es más limitado. Y los anillos se siguen enroscando y los únicos ruidos son de furia e ira y, no sé aún cómo, pero tengo que salir de aquí y parece que algo me empuja a luchar en lugar de huir.

 

Cada cultura nombra a las anacondas de una manera distinta, aunque su nombre científico, eunectes, proviene del griego, que significa “buen nadador”. También parece cierto que las serpientes viven en muchos y distintos hábitats. Podrían esconderse en cualquier lugar.

 

(Segunda parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/02/anaconda-23.html)

Miguel Ángel. 15/01/24, Sevilla