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jueves, 8 de agosto de 2024

Mbel, el octavo pasajero (1/2)

Atravesé el oscuro salón y llegué a la cocina a coger agua fresca para soportar mejor el calorcito estival. Era la una y al día siguiente trabajaba de noche, así que aprovechaba para acomodar mis horarios de sueño a los que necesita la unidad.

Cuando llegué, encendí la luz para ver dentro del frigorífico con la luz fundida, cogí una botella de agua y volqué algo de su contenido en la mía para aguantar un rato viendo alguna película de esas que una empresa con un logo chulo te convenza hoy de llevártela a las pupilas.

               Habiendo dado un sorbo pensé “¿por qué no?” abriendo la puerta de la nevera enfocando mi atención en un sándwich helado mini coquetón.

               Cerré la puerta y noté su temperatura aliviando la sensación de hervir en el aire de mi mano derecha. Pude notar como dibujaba una sonrisa al experimentar semejante sensación.

              

               Para serles sincero, yo no compré esos pequeños heladitos. Ni siquiera sabía que los querría y los había pedido. Mi mamá, con la que convivo, había pensado en dejarnos estos manjares al alcance. Había pensado en dejarlos porque se le ocurrió que podríamos sufrir, como yo lo estaba haciendo en ese momento, y esa inagotable fuente de placeres culpables, como lo es un azucarado emparedado de crema y cosas de sabores para todos los gustos y formas para todos los públicos, podría hacernos la vida más manejable.

               Sentí un tremendo agradecimiento. Aún no la había visto desde que cenamos juntos hace unos tres días y sentí la necesidad de ir a su cuarto, donde estaba viendo algo.

Mi madre, mi Maribé, que tanto me quiere y tanto la quiero. Tenía que ir a darle un abrazo muy grande y darle las gracias por los helados. Era mi imperativo moral de Kant. Debía agradecerle todo.

               Me dirigí hacia la salida de la cocina dispuesto a verme con ella, rodearla fuerte con mis brazos y decirle que le daba las gracias y que la quería.

               Apagué la luz para no tener que vender el otro riñón, cerré la puerta como me había pedido anteriormente, y me giré hacia el salón. Di unos pasos hasta la puerta cuando una mano apareció de la nada y me agarró el brazo.


(Segunda parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/08/mbel-el-octavo-pasajero-22.html)