Atravesé el oscuro salón y llegué a la cocina a coger agua fresca para soportar mejor el calorcito estival. Era la una y al día siguiente trabajaba de noche, así que aprovechaba para acomodar mis horarios de sueño a los que necesita la unidad.
Cuando llegué,
encendí la luz para ver dentro del frigorífico con la luz fundida, cogí una
botella de agua y volqué algo de su contenido en la mía para aguantar un rato
viendo alguna película de esas que una empresa con un logo chulo te convenza
hoy de llevártela a las pupilas.
Habiendo
dado un sorbo pensé “¿por qué no?” abriendo la puerta de la nevera enfocando mi
atención en un sándwich helado mini coquetón.
Cerré
la puerta y noté su temperatura aliviando la sensación de hervir en el aire de
mi mano derecha. Pude notar como dibujaba una sonrisa al experimentar semejante
sensación.
Para
serles sincero, yo no compré esos pequeños heladitos. Ni siquiera sabía que los
querría y los había pedido. Mi mamá, con la que convivo, había pensado en
dejarnos estos manjares al alcance. Había pensado en dejarlos porque se le
ocurrió que podríamos sufrir, como yo lo estaba haciendo en ese momento, y esa
inagotable fuente de placeres culpables, como lo es un azucarado emparedado de
crema y cosas de sabores para todos los gustos y formas para todos los
públicos, podría hacernos la vida más manejable.
Sentí
un tremendo agradecimiento. Aún no la había visto desde que cenamos juntos hace
unos tres días y sentí la necesidad de ir a su cuarto, donde estaba viendo
algo.
Mi madre, mi
Maribé, que tanto me quiere y tanto la quiero. Tenía que ir a darle un abrazo
muy grande y darle las gracias por los helados. Era mi imperativo moral de
Kant. Debía agradecerle todo.
Me
dirigí hacia la salida de la cocina dispuesto a verme con ella, rodearla fuerte
con mis brazos y decirle que le daba las gracias y que la quería.
Apagué
la luz para no tener que vender el otro riñón, cerré la puerta como me había
pedido anteriormente, y me giré hacia el salón. Di unos pasos hasta la puerta
cuando una mano apareció de la nada y me agarró el brazo.
(Segunda parte: https://expresoydiario.blogspot.com/2024/08/mbel-el-octavo-pasajero-22.html)
