Lucía volvió del trabajo y dejó su chaqueta mojada por la lluvia junto a
la puerta. Suspiró un segundo y, tras cerrar los ojos apoyada contra la madera,
se empujó hacia delante para ir al cuarto de baño.
En la cocina vio un tazón de arroz a la mitad junto a un fregadero con
varios platos de la noche anterior. Volvió a suspirar dirigiendo su mano hacia
la esponja, pero en mitad del camino paró y cogió el tazón para comer algo
antes de ponerse.
Yendo hacia el salón, un relámpago irrumpió por encima de la luz que
tenía encendida justo antes de que saltasen los fusibles, dejándola a oscuras y
en silencio. Intentó seguir andando hasta el sofá por la casa que conocía de
memoria, pero el trueno que acompañaba al destello y un cable furtivo se
interpusieron y, haciendo equilibrios para no caerse, derramó la mitad del
tazón. Volvió a suspirar.
Dejó el tazón sobre una mesa y acudió a la cocina, junto a la entrada, a
por una escoba. Maldito día de los difuntos. Cuando volvió al salón, comenzó a
barrer con la linterna del móvil como ayudante sólo para volver a vivir un fogonazo
de luz que atravesaba toda su casa por la ventana, ventana que mostró una
silueta junto a la puerta que estaba a su espalda.
Un escalofrío recorrió su espalda y erizó su piel. Su móvil cayó al
suelo y entró en pánico, sin acertar a pensar. Sus ojos, abiertos de par en
par, buscaban la imagen a través de la oscuridad. ¿Hay alguien ahí? Preguntó.
Su respuesta fue el trueno que acompañaba al rayo y la densa lluvia sobre los
cristales.
Acompañada por el murmullo del viento, armó en ristre su escoba y
continuó, escuchando su corazón, sus pasos y la lluvia. Estaba sólo a tres
pasos de donde reposaba la enigmática figura que había visto cuando su arma
topó con un obstáculo. Fue entonces cuando el tercer rayo reveló lo que había
entre ella y la puerta.
Miguel Ángel. 31/10/24,
Sevilla
