Escucho una canción y me transporta a hace más de 10 años. Me vengo de
la idea del olvido con estos recuerdos. Imagino el poder que tiene la música;
nuevas canciones que escucharé en las próximas semanas pueden grabar a fuego
memorias que aún no he fabricado y que no pretenderé guardar.
Uno se esfuerza por dejar intactos los temarios y se olvida de los
paseos, pero es cuando se aprieta algún gatillo años después que se da cuenta
de que la atención tiene dianas misteriosas y caprichosas. A veces, el sabor de
un helado guarda un beso y, otras, un supermercado el desamor, junto a las
conservas. A veces, una canción esconde la perdición y la salida del laberinto,
y rara vez se ve el mapa si no es dándole al play.
Qué poderosa es la armonía si tiene la habilidad de coger mi vida y
escondérmela, como un calcetín viejo, al final de algún cajón. Desemparejada y
sin ver la luz del sol se me antoja moribunda y no puedo estar más equivocado.
Qué bonita es la música. Qué pena no saber escribir pentagramas por mí
mismo para dedicarle recuerdos reprimidos a la gente. Qué pena no saber
escribirle algo bonito a las melodías. Qué pena más grande.
Miguel Ángel. 20/12/24,
Sevilla
