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jueves, 23 de enero de 2025

Bienvenido Mr. Lope (1/2)

  Sirva en suficiencia este relato, puesto que su ejecución dependió, originalmente, de dejar la impresora alumbrada por un único y triste folio.

  Si bien es cierto que dudo que el relevo Gutenbergiano que tendré pudiere apañarse mucho mejor con dos que con uno*, no soy yo quien deba juzgar o prever las habilidades o eficiencia de este mismo y, quizás, esté privando al mundo de un futuro Nóbel. Es por ello que espero que estas líneas, sin premeditación ni alevosía, que dibujo a las cuatro y media de la madrugada tengan sentido más allá de evacuar mis sienes.

 

  Di un paseo, para estirar las piernas, por el pasillo que conecta los doce cubículos de la planta. Podría esperarse, y en cierta manera se acertaría, que lo hiciese solo, mas mis lentos y amenos pasos fueron acompañados por un sermón evangelista que provenía de una de las primeras habitaciones y que se extendía mucho más allá de los límites naturales del área que comprenden nuestros cuidados.

  Los gritos del predicador tenían, como diana indirecta, a un joven que los médicos y el personal de planta habían tildado en numerosas ocasiones de vegetal que más necesitaría un milagro que un tratamiento, dado que no conocemos pastillas para el alma. Su familia, religiosa por causas justificadas que ignoro (tan justificadas como alguien podría, supongo), aparentemente, se negó a aceptar el pronóstico prescrito y, no sé bien si porque era Navidad, si porque los médicos se equivocaron o porque el evangelismo es la única fe verdadera, aquel cojín de carne que mencionamos dio signos de vida y consciencia, así que no sería yo quien les bajase el volumen, porque no me corresponde diferenciar entre casualidad y causalidad.

  Sea por lo que fuere, con mis manos a la espalda y sin desearlo demasiado, de repente encontré un vaso. No lo he mencionado aún, pero llevaba un rato bebiendo agua de un vaso de chupito y, pese a que no había rezado para conseguirlo, este avance volumétrico sirvió de milagro para mis necesidades de hidratación. Me supo a poco comparado con devolverle el ánima a una mente inerte y edulcoré esta señal con zumo de naranja en lugar de fresca, pero sosa agua.

  Disfrutando de mi particular diluvio universal glucémico en el paladar escuché tórpidos pasos por el pasillo a la misma hora que los escuchara noches atrás.

(Continuará)

Miguel Ángel. 9/1/2024, Sevilla