Sirva en suficiencia este relato, puesto que su ejecución dependió,
originalmente, de dejar la impresora alumbrada por un único y triste folio.
Si bien es cierto que dudo que el relevo Gutenbergiano que tendré
pudiere apañarse mucho mejor con dos que con uno*, no soy yo quien deba juzgar
o prever las habilidades o eficiencia de este mismo y, quizás, esté privando al
mundo de un futuro Nóbel. Es por ello que espero que estas líneas, sin
premeditación ni alevosía, que dibujo a las cuatro y media de la madrugada tengan
sentido más allá de evacuar mis sienes.
Di un paseo, para estirar las piernas, por el pasillo que conecta los
doce cubículos de la planta. Podría esperarse, y en cierta manera se acertaría,
que lo hiciese solo, mas mis lentos y amenos pasos fueron acompañados por un
sermón evangelista que provenía de una de las primeras habitaciones y que se
extendía mucho más allá de los límites naturales del área que comprenden
nuestros cuidados.
Los gritos del predicador tenían, como diana indirecta, a un joven que
los médicos y el personal de planta habían tildado en numerosas ocasiones de
vegetal que más necesitaría un milagro que un tratamiento, dado que no
conocemos pastillas para el alma. Su familia, religiosa por causas justificadas
que ignoro (tan justificadas como alguien podría, supongo), aparentemente, se
negó a aceptar el pronóstico prescrito y, no sé bien si porque era Navidad, si
porque los médicos se equivocaron o porque el evangelismo es la única fe
verdadera, aquel cojín de carne que mencionamos dio signos de vida y
consciencia, así que no sería yo quien les bajase el volumen, porque no me
corresponde diferenciar entre casualidad y causalidad.
Sea por lo que fuere, con mis manos a la espalda y sin desearlo
demasiado, de repente encontré un vaso. No lo he mencionado aún, pero llevaba
un rato bebiendo agua de un vaso de chupito y, pese a que no había rezado para
conseguirlo, este avance volumétrico sirvió de milagro para mis necesidades de
hidratación. Me supo a poco comparado con devolverle el ánima a una mente
inerte y edulcoré esta señal con zumo de naranja en lugar de fresca, pero sosa
agua.
Disfrutando de mi particular diluvio universal glucémico en el paladar
escuché tórpidos pasos por el pasillo a la misma hora que los escuchara noches
atrás.
(Continuará)
Miguel Ángel. 9/1/2024,
Sevilla
