Serían las siete de una oscura tarde de invierno cuando, por el cristal
delantero de mi furgoneta, pude ver a alguien tirar una colilla encendida a más
de 120 km/h. Esto, que parecería el comienzo de un ejercicio de matemáticas de
la ESO, fue el principio de una revelación.
En cuanto vi cómo se estrellaba con el suelo chisporroteando por todo el
horizonte oscuro conocido de la carretera sin iluminación comprendí la magia de
los fuegos artificiales y el sueño despierto de los que quieren dejar de fumar
al ver un bastoncillo de fuego.
Rodrigo de Jerez, aparentemente, pasó siete años en la cárcel porque
para cuando le vieron fumando en la península (1493) pensaron los gerifaltes de
la época que “sólo el diablo puede darle a un hombre el poder de sacar humo por
la boca”. Irónicamente, y siempre según lo que ha llegado a mí, cuando salió
libre fumar ya era una moda en toda la zona.
Para mí, que no tengo gusto por fumar tabaco y nunca lo he tenido, es
difícil empatizar con el mono de alguien que fuma. No con la abstinencia en sí,
que sí he llegado a sufrir, sino con la adicción al tabaco. Sin embargo,
durante un par de segundos, ver ese filtro explotando en mil trozos
incandescentes en mitad de una fría jornada invernal, vi en el espectáculo una
suerte de embrujo seductor como el que puede tener para mí un buen culo.
(Continuará)
