Pensaba yo esto mismo y me dio por hilarlo con la idea de lo ordinario
que puede ser hablar sobre culos como si no estuviesen pegados a personas. Me
eché hacia atrás en la misma furgoneta y pensé de dónde me venía la obsesión.
Recordé cuando empecé a escribir y las cosas que me salían y lo pulcro que
intenté ser siempre y cómo conocer a un escritor adicto a Silvio que usaba un
lenguaje malsonante para darle una forma hermosa me cambió la percepción para
siempre, dejando de temer ensuciar mis manos con fonemas y sintagmas vulgares
para pasar a desearlo. Desear hablar del contoneo de un cuerpo, del sabor de
alguien, de un escupitajo que escondiese el mundo del deseo dentro o del sudor
que queda en el pelo cuando en verano uno se enamora.
Durante años viví mezclando la idea de los dos Silvios sin saber si era
sevillano o cubano, poeta o roquero. Con el tiempo llegué a comprender que eran
dos seres diferentes y que el que generaba el enganche de mi particular maestro
era el que menos me gusta. Tiene fama en mi cercanía de ser un auténtico
artista que aún no he sabido comprender. Espero pacientemente el día que me
toque verlo con nuevos ojos como ya me pasara con Krahe.
Entonces me di cuenta de que algo fallaba. Todo esto lo llevaba pensando
un par de días mientras estaba al volante. Deseaba escribirlo y no lo hacía
porque no le encontraba sentido y, quizás erróneamente, decidí probar a
plasmarlo para vivir más en el presente y menos en bailar sobre un folio en
blanco. Es imperativo vivir en el ahora. Más, si cabe, cuando uno conduce.
Espero que valoren estas líneas, aunque sea negativamente; que hayan
causado algo, porque han costado que se me enfríe el durum que compré para
soportar la bajada de azúcar causada por más de veinticuatro horas sin comer
decentemente, que acabarán en algún momento, después de este trozo de pan y
carne fríos.
Para mí, espero que acabe mi obsesión por la imagen del cigarrillo
golpeando el asfalto.
Miguel Ángel.
04/01/2025, Sevilla
