Sevilla entera está
en obras. Hay quien dice que por las elecciones, otros porque pensaban que ya
tocaba y yo pienso que realmente no importa, pero tiene un impacto decisivo en
mi forma de vivir los trayectos en furgoneta.
En una de esas,
estoy en un atasco por las obras en la periferia de Sevilla y tengo que volver
a casa, que está normalmente a unos veinte minutos y ha redoblado su duración
por el contexto en el que me hallo.
Los coches son
jaulas aburridas. La gente tiene las caras sabor vinagre y rezumamos tráfico
por todas las calles y avenidas. Las víctimas de los ceda el paso piden
clemencia a los conductores de las arterias principales y yo dejo paso a uno
que casi llora al agradecérmelo. Unos segundos después está a punto de
estrellarse contra un coche en el otro carril, pero haber esquivado el golpe y
la prisa que tienen todos suaviza cualquier conato de agresividad.
En una de estas
jaulas estoy yo y la carretera parece no tener importancia. Los coches dan
igual. Llueve un poco, lo justo para tener que activar el limpiaparabrisas cada
rato y la música me recuerda al papel por escribir. Insulso y sensual. Extraño.
Miro al asiento del
copiloto mientras me acompaña el ruido rítmico del intermitente y unas pocas
gotas en el cristal. Ahí ha estado ella. Tantas veces.
(Continuará)
