Medio muerta de
malestar por una gripe, tumbada en mi sofá, fue la mejor modelo que pudieron
desear estos ojos. Con un chaleco de punto rojo tinto y unos vaqueros, sus pies
de vez en cuando jugueteaban envueltos por unos calcetines blancos. En la parte
de la suela, invisible para cualquier mortal, había un mensaje que sólo estaba
pensado para mí; “smooth operator”. Su pelo es un telón oscuro que no he sabido
leer como cierre hasta ahora. Siempre me pareció una entrada a su magia y no su
despedida.
Nuestros caminos se
entrelazaron riéndonos al hablar de dónde nos pondríamos una prótesis con forma
de pene. Yo en un costado y ella en la frente. Me dijo que sin vínculo no
habría mordiscos y tardamos poco en conectarnos. Al rato de negarme un ticket
dorado a sus bragas me permitió besarla y descubrí su forma.
Todos tenemos una
forma de besar. A ella le gustaba sin lengua. Aún así, estaba abierta a
furtivos encuentros de nuestro paladar.
Su presencia ha sido
dulce, estable, serena, sexual, mágica, mística, cariñosa, cuidadora, extrema,
exótica, excitante, tierna, enorme…
Aún tengo que
descubrir cómo será su ausencia. Nuestra despedida se parecía más a un día más
que a una jornada de llanto en la estación de tren. Ni siquiera pude dejarla en
su casa. En cuanto dejé de verla por el retrovisor se me clavó su falta entre
las cejas y un par de lágrimas jugaron a hacer puenting. Me dio lástima que
ella no pudiese ver el dolor que resulta de su partida y la alegría que me ha
dado su compañía.
No había ido nunca a
un restaurante con estrella michelín. Me encantó verla sorprenderse a cada
bocado. Sonreí como un niño cuando una textura rara le agradaba y nos reímos
locamente de todo lo que pudimos.
En un momento dado
miré a mi derecha y vi un recuerdo bloqueado. Otro amor que se esconde. Cuánto
hemos crecido, viejo. Y cómo pesa cada peldaño que se sube soltando de la mano
a otra persona increíble más.
Ha sido bonito, te
echaré de menos. Lo sé, porque ya lo hago.
Miguel Ángel. 10/12/25,
Sevilla
