Lo que se esconde
detrás de una puerta normalmente causa tensión; hacia un polo (miedo) o hacia
el contrario (excitación). Hoy yo he abierto una puerta. No hablo de metáforas,
ni símiles, ni quiero que te cuadres frente al texto buscando la tangente a las
líneas que lo enjaulan. He abierto una puerta. Es blanca. No he contado cuántas
veces la he acariciado ni cuántas la he abierto, pero intuyo que menos de un
millón, más de 100, probablemente unas mil.
Hoy he abierto una
puerta y, automáticamente, he sentido un bofetón. Me ha paralizado oler su pelo
horas después de que se fuese a cenar con su pintalabios recién re-arreglado,
con su sonrisa pizpireta, con sus ojos de tigresa. Casi me da un vuelco al corazón
sentir un olor, unirlo a tantos recuerdos y sentir la sensación de meterte en
la ducha, salir y ver en el espejo un mensajito cariñoso entorno al vaho.
Como este vapor de
agua, su olor se volvió más liviano y llegó un momento en que no pude
distinguirlo más, como su propio olor que se me antoja tan cercano y tan diario
que pese a todo lo bonito que podría tener saborearlo cada segundo, mi terca
torpe trastocada memoria sólo me deja relamerlo cuando me falta.
Seré tontorrón, las
almohadas, los cojines, el sofá, mi ropa, su ropa, las plantas y la comida…todo
huele a ella, pero sólo pude dedicarle una sonrisa de Picasso cuando se
escondió de mí, cuando la encontré donde menos me lo esperaba; en el vaho que
su aliento dejó esparcido por el espejo, detrás de una puerta blanca, delante
de mis narices.
Miguel Ángel. 15/12/18, Barcelona
