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jueves, 2 de abril de 2026

Gelatto 33x2 (3/3)

Era un señor. Le di las buenas tardes. Me las devolvió. Salió. No era Gelatta, ni un minion, así que di un par de vueltas más, como la bailarina que siempre soñé con ser.

  Entonces escuché los pasos que sabía que le pertenecían, porque yo ya la conocía en mi cabeza. Yo ya había tocado sus manos en mi imaginación, y estaban bajando por el pasamanos. Pero, de nuevo, era una señora con un mandil y no una rockstar con la voz aguardientosa.

  “Buenas tardes.” “Buenas tardes, ¿eres Miguel?”

  Durante un segundo intenté ocultar mi sorpresa, pero creo que fue inevitable mostrarla. Respondí que sí y se acercó a mí para darme dos besos, que, por supuesto, devolví.

  “No me puedo parar mucho que tengo un puchero en el fuego, toma.” Dijo mientras sacaba una bolsita de plástico con 6 pastillas de color rosa chicle brillantes como el mismo neón que recorre las fachadas de los prostíbulos. “¡Son buenísimas! … Yo no las he tomado, pero me lo dicen los que las toman. A todos les encanta. Buena cosa.” “Ya te contaré.” Respondí riéndome sin contención.

  Gelatta tenía, aproximadamente, edad de jubilarse, pelo corto y alegría al hablar. Por la edad, y sólo por ella, tenía una vibra de abuela que no le quitaba el desparpajo y la cercanía joven de su trato. Nos volvimos a dar dos besos y subió sus escaleras, con su mandil, mientras yo dejaba tras de mí la puerta de su portal.

 

  Me subvencionó un relato y varias noches de sueño despierto. Se merece que alguien le haga una canción, pero yo no sé cantar. Lo mismo a piano.

 

Miguel Ángel. 06/03/2026, Sevilla