Era un señor. Le di las buenas tardes. Me las devolvió.
Salió. No era Gelatta, ni un minion, así que di un par de vueltas más, como la
bailarina que siempre soñé con ser.
Entonces escuché los
pasos que sabía que le pertenecían, porque yo ya la conocía en mi cabeza. Yo ya
había tocado sus manos en mi imaginación, y estaban bajando por el pasamanos.
Pero, de nuevo, era una señora con un mandil y no una rockstar con la voz
aguardientosa.
“Buenas tardes.”
“Buenas tardes, ¿eres Miguel?”
Durante un segundo
intenté ocultar mi sorpresa, pero creo que fue inevitable mostrarla. Respondí
que sí y se acercó a mí para darme dos besos, que, por supuesto, devolví.
“No me puedo parar
mucho que tengo un puchero en el fuego, toma.” Dijo mientras sacaba una bolsita
de plástico con 6 pastillas de color rosa chicle brillantes como el mismo neón
que recorre las fachadas de los prostíbulos. “¡Son buenísimas! … Yo no las he
tomado, pero me lo dicen los que las toman. A todos les encanta. Buena cosa.”
“Ya te contaré.” Respondí riéndome sin contención.
Gelatta tenía,
aproximadamente, edad de jubilarse, pelo corto y alegría al hablar. Por la
edad, y sólo por ella, tenía una vibra de abuela que no le quitaba el desparpajo y
la cercanía joven de su trato. Nos volvimos a dar dos besos y subió sus
escaleras, con su mandil, mientras yo dejaba tras de mí la puerta de su portal.
Me subvencionó un
relato y varias noches de sueño despierto. Se merece que alguien le haga una
canción, pero yo no sé cantar. Lo mismo a piano.
Miguel Ángel.
06/03/2026, Sevilla
