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jueves, 16 de abril de 2026

Arte especial (1/5)

  Recientemente, una amiga se ha quedado en casa unos días. Debido a este evento, mi rutina de sueño ha sufrido considerables variaciones.

  Sin ir más lejos, ayer me levanté antes de las seis de la mañana para coger el coche una hora para ir a ver pájaros. Intenté dormir algo por la tarde, pero mi loco cuerpo consiguió, con suerte, dormir una media hora, lo que se tradujo en sufrimiento cuando entré a las diez de la noche a trabajar.

  Mi amiga se quedó las llaves, por si había una emergencia, y me prometió estar despierta antes de que llegase, sobre las ocho de la mañana. Sin embargo, yo sospechaba que no sería posible porque le asaltó un ataque de ansiedad y se tomó un clonazepam para irse al saco.

 

  Antes de dirigirme a mi casa pasé por una tienda donde, supuestamente, había una caja con setas a mi nombre. No pudieron dármela porque la responsable de dar cajas entraba un par de horas después y se iba antes de las dos. Hoy no podría ser.

  Efectivamente, cuando llegué a mi casa después de los pájaros, las siestas volátiles, los turnos de noche y los golazos que llegan en mitad de la noche desde urgencias, rocé el porterillo suavemente y esperé, pero nada sucedió.

  Asumí el peor escenario y le dejé un mensaje escrito: “Entiendo que estás dormida. Voy a una cafetería a desayunar y te despertaré cuando venga la chica de la limpieza si no estás despierta entonces.”

 

  El bar donde desayuno siempre después de las noches tiene la agradable costumbre de cerrar los festivos. Agradable para su personal. Desagradable para una rata del hospital que no sabe en qué día vive muchas veces. Por suerte para ellos, Sevilla está de fiesta, así que giré mis ojos a una tasca abierta justo en frente. Siempre está llena de borrachos y los drogadictos más célebres del barrio. Entrada obligatoria; pase por taquilla.