Recientemente, una
amiga se ha quedado en casa unos días. Debido a este evento, mi rutina de sueño
ha sufrido considerables variaciones.
Sin ir más lejos,
ayer me levanté antes de las seis de la mañana para coger el coche una hora
para ir a ver pájaros. Intenté dormir algo por la tarde, pero mi loco cuerpo
consiguió, con suerte, dormir una media hora, lo que se tradujo en sufrimiento
cuando entré a las diez de la noche a trabajar.
Mi amiga se quedó
las llaves, por si había una emergencia, y me prometió estar despierta antes de
que llegase, sobre las ocho de la mañana. Sin embargo, yo sospechaba que no
sería posible porque le asaltó un ataque de ansiedad y se tomó un clonazepam para
irse al saco.
Antes de dirigirme a
mi casa pasé por una tienda donde, supuestamente, había una caja con setas a mi
nombre. No pudieron dármela porque la responsable de dar cajas entraba un par
de horas después y se iba antes de las dos. Hoy no podría ser.
Efectivamente,
cuando llegué a mi casa después de los pájaros, las siestas volátiles, los
turnos de noche y los golazos que llegan en mitad de la noche desde urgencias,
rocé el porterillo suavemente y esperé, pero nada sucedió.
Asumí el peor
escenario y le dejé un mensaje escrito: “Entiendo que estás dormida. Voy a una
cafetería a desayunar y te despertaré cuando venga la chica de la limpieza si
no estás despierta entonces.”
