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jueves, 23 de abril de 2026

Arte especial (2/5)

  Entré en aquel garito y vi a un señor a dos chutes de heroína de ser una historia que se cuenta en la acera, haciendo una chapuza en la pared. Mientras tanto, el camarero (y, presumiblemente, dueño) atendía a la gente en barra. La única mesa de cuatro personas ocupada lanzó a una de sus mujeres a reclamar, sonriente, un cortado. El camarero le dijo “sólo pidieron uno.” “No, dos.”

  Esperé mi turno en aquella encimera de madera pegajosa hasta que el señor me miró a los ojos con la sonrisa de quien invita a alguien a comer sopa mientras su casa arde justo detrás. “Buenos días. Una tostada con jamón y café de máquina con leche…¿la tienen sin lactosa?” “Por supuesto, claro…” “Pues eso. Muchas gracias.” Me sonrió de nuevo y se puso a ello.

 

  El desfile de aventajados en experiencias callejeras continuó circulando y llegó a su cénit cuando empecé a morder la tostada. El albañil, que no lo era tanto de acuerdo con sus propias palabras, no paraba de pedirle a sus amigos (unos ocho se fueron agrupando por aquellas mesas) que le ayudasen. Todos se rieron de él. Él les devolvió los ataques. Todos se reían. A nadie le importaba nada. Ni las marcas de barro por el suelo de todo el local, ni que le faltasen dientes y, creo, algunos músculos importantes, al obrero.

 

  En estas, el camarero se asoma por encima de la barra y grita a la mesa de los cortados que siente la atención que les ha proporcionado y que les invita a todo. No sé qué coño pasó antes de que llegase, pero este hombre tiene un sentido de la responsabilidad que choca en mi cabeza con regar de alcohol a todos estos feligreses día tras día. Sé que están siempre ahí porque he pasado varias veces y les reconocí antes de empezar a escucharles hablar.

(Continuará)