Entré en aquel
garito y vi a un señor a dos chutes de heroína de ser una historia que se
cuenta en la acera, haciendo una chapuza en la pared. Mientras tanto, el
camarero (y, presumiblemente, dueño) atendía a la gente en barra. La única mesa
de cuatro personas ocupada lanzó a una de sus mujeres a reclamar, sonriente, un
cortado. El camarero le dijo “sólo pidieron uno.” “No, dos.”
Esperé mi turno en
aquella encimera de madera pegajosa hasta que el señor me miró a los ojos con
la sonrisa de quien invita a alguien a comer sopa mientras su casa arde justo
detrás. “Buenos días. Una tostada con jamón y café de máquina con leche…¿la
tienen sin lactosa?” “Por supuesto, claro…” “Pues eso. Muchas gracias.” Me
sonrió de nuevo y se puso a ello.
El desfile de
aventajados en experiencias callejeras continuó circulando y llegó a su cénit
cuando empecé a morder la tostada. El albañil, que no lo era tanto de acuerdo
con sus propias palabras, no paraba de pedirle a sus amigos (unos ocho se
fueron agrupando por aquellas mesas) que le ayudasen. Todos se rieron de él. Él
les devolvió los ataques. Todos se reían. A nadie le importaba nada. Ni las
marcas de barro por el suelo de todo el local, ni que le faltasen dientes y,
creo, algunos músculos importantes, al obrero.
