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jueves, 30 de noviembre de 2023

Hazme un favor

Mi amiga Marina da clases de yoga. La cosa va, poco a poco, a mejor. Con motivo del inicio de su nuevo curso, consiguió que un colega fuera a hacer fotos y, como está muy de moda la paridad, me invitó a que figurase y, de paso, apoyase la causa.

Como soy muy fiel a mi palabra, cierto miércoles por la mañana correteaba por Sevilla buscando la calle. Quiso el azar que existiesen dos centros de igual nombre en dos calles cuya diferencia consistía en una l, cambiando un fonema [l] por uno [ll]. Ya estoy aquí, mandé al llegar, unos 5 minutos antes. Whatsapp, a veces, me hace este tipo de embrujos por los que, sólo cuando ya es tarde, llegan muchísimos mensajes atrasados. Los de mi amiga Marina, con la dirección real, fueron uno de la larga lista de previas sacudidas a mi urgencia. Cogí mi casco, monté mi moto y fui corriendo a la calle correcta.

Allí, llegué a un edificio de aspecto desaliñado y poco mantenido, completamente en silencio, sin nadie que poblase sus múltiples recovecos. Mis instrucciones eran simples; al fondo, escalera arriba, sala. Sin embargo, la localización ofrecía complicaciones que no mencionaban esta lista de comandos. Finalmente, dentro de un taller donde no sé muy bien qué se hacía, alguien risueño y con barba me llevó hasta mi destino. Allí, me cambié y entré en una sala donde ya había comenzado todo. Sólo me quedó sitio en el frente así que ahí me puse.

Me introduje en el flujo de posturas desde ese momento y me dejé llevar, manteniendo mis ojos cerrados la mayoría del tiempo y la respiración consciente y relajada. Disfruté cada uno de los desafíos y, finalmente entramos en shavasanna, “la postura del hombre muerto” o de “rendición”, como le gusta decir a mi amiga. Mientras me centraba en mi mantra, de repente, una agradable bolsa con un fresco aroma a menta se instaló sobre mis párpados. Mentiría si dijese que no me parecieron testículos de la Al-Andalus pudiente, pero sabiendo que me encontraba en tan augusto espacio me pareció poco probable. Después supe que era una simple pero muy relajante y mística bolsita aromática.

Días antes, preparándome para ese día, Marina me dijo “recuerda que tienes que sonreír”. Me costó no hacerlo, más bien.

 

Tras esto, con más calma, fuimos todos a desayunar y alguien me preguntó, ya que era un pequeño grupo donde todos se conocían, de qué conocía yo a mi amiga. Les explicamos que trabajábamos juntos en Barcelona. Sin embargo, alguien se me quedó mirando, como insatisfecha por la explicación que acabábamos de dar. Sin mucha dilación, se aventuró:

- ¿Tú vas mucho a la hermandad?

La pregunta me pareció digna de ofrecerme una secta y, durante un par de segundos entré en un estado de alta confusión, sin embargo, una vez pronunciada esa frase y mis ojos escudriñar su rostro lo supe.

- ¿Eres Blanca? ¡Blanca con la que brindamos, no ha mucho tiempo, tres vándalos!

- ¡Sí! Normalmente no puedo brindar, pero lo que pasó aquella noche…


Miguel Ángel. 15/11/2023, Sevilla