Mi amiga Marina da clases de
yoga. La cosa va, poco a poco, a mejor. Con motivo del inicio de su nuevo
curso, consiguió que un colega fuera a hacer fotos y, como está muy de moda la
paridad, me invitó a que figurase y, de paso, apoyase la causa.
Como soy muy fiel a mi palabra,
cierto miércoles por la mañana correteaba por Sevilla buscando la calle. Quiso
el azar que existiesen dos centros de igual nombre en dos calles cuya
diferencia consistía en una l, cambiando un fonema [l] por uno [ll]. Ya estoy
aquí, mandé al llegar, unos 5 minutos antes. Whatsapp, a veces, me hace este
tipo de embrujos por los que, sólo cuando ya es tarde, llegan muchísimos
mensajes atrasados. Los de mi amiga Marina, con la dirección real, fueron uno
de la larga lista de previas sacudidas a mi urgencia. Cogí mi casco, monté mi
moto y fui corriendo a la calle correcta.
Allí, llegué a un edificio de
aspecto desaliñado y poco mantenido, completamente en silencio, sin nadie que
poblase sus múltiples recovecos. Mis instrucciones eran simples; al fondo,
escalera arriba, sala. Sin embargo, la localización ofrecía complicaciones que
no mencionaban esta lista de comandos. Finalmente, dentro de un taller donde no
sé muy bien qué se hacía, alguien risueño y con barba me llevó hasta mi
destino. Allí, me cambié y entré en una sala donde ya había comenzado todo.
Sólo me quedó sitio en el frente así que ahí me puse.
Me introduje en el flujo de
posturas desde ese momento y me dejé llevar, manteniendo mis ojos cerrados la
mayoría del tiempo y la respiración consciente y relajada. Disfruté cada uno de
los desafíos y, finalmente entramos en shavasanna, “la postura del
hombre muerto” o de “rendición”, como le gusta decir a mi amiga. Mientras me
centraba en mi mantra, de repente, una agradable bolsa con un fresco aroma a
menta se instaló sobre mis párpados. Mentiría si dijese que no me parecieron
testículos de la Al-Andalus pudiente, pero sabiendo que me encontraba en tan
augusto espacio me pareció poco probable. Después supe que era una simple pero
muy relajante y mística bolsita aromática.
Días antes, preparándome para ese
día, Marina me dijo “recuerda que tienes que sonreír”. Me costó no hacerlo, más
bien.
Tras esto, con más calma, fuimos
todos a desayunar y alguien me preguntó, ya que era un pequeño grupo donde
todos se conocían, de qué conocía yo a mi amiga. Les explicamos que
trabajábamos juntos en Barcelona. Sin embargo, alguien se me quedó mirando, como
insatisfecha por la explicación que acabábamos de dar. Sin mucha dilación, se
aventuró:
- ¿Tú vas mucho a la hermandad?
La pregunta me pareció digna de
ofrecerme una secta y, durante un par de segundos entré en un estado de alta
confusión, sin embargo, una vez pronunciada esa frase y mis ojos escudriñar su
rostro lo supe.
- ¿Eres Blanca? ¡Blanca con la
que brindamos, no ha mucho tiempo, tres vándalos!
- ¡Sí! Normalmente no puedo
brindar, pero lo que pasó aquella noche…
Miguel Ángel.
15/11/2023, Sevilla
