Al poco aparece por allí el hermano, con una bata, y recorre la
habitación desde la entrada, junto a la que está su hermana, sobre una cama ya,
hasta la ventana junto a la otra cama, vacía. Mira al infinito entre las pocas
estrellas que se ven desde allí.
Es un hombre mayor que ella, de unos cincuenta y largos años, pelo
canoso, fuertecito, con una ligera barriga y cara de asco. De esa fiera que me
advirtieron sólo veo la carcasa, porque por dentro está hecho una mierda y no
le quedan fuerzas para enfrentarse a lo inevitable. ¿Para qué va a buscar
culpables? ¿Le van a devolver a su hermana? Entonces la mira y llora. Todo ese
hombre que había atemorizado a unas muchachas a la tarde asume su rol en esta
historia. No es un malvado médico con un látigo buscando una excelencia
inalcanzable, es un pobre diablo que notaba como se le escapaba entre las manos
la vida de su querida compañera, habiendo él estudiado para salvar. Se encuentra
despidiéndose sin poder hacer nada. Ni siquiera pudo estar para agarrarle la
mano. Estaba trabajando. La chica se tuvo que conformar conmigo y mis mierdas.
A las ocho de la mañana llega el cambio y vamos los del turno, como
acostumbramos, a desayunar al bar de al lado. Nos sirve para desestresarnos y
compartir lo que la mayoría de los mortales no tiene la capacidad de recibir. Alfredo
cuenta entre risas el recuerdo que tiene de mí buscándolo por el pasillo con la
cara desencajada. Todos nos reímos y noto la tenia en la que se va a convertir
su recuerdo avanzándome por el estómago impidiéndome disfrutar de una historia
que, en cualquier otro momento, me hubiese matado de risa. Ahora sólo me queda
fingir porque no tengo claro qué me está aporreando la sesera. La tostada del
día es de longaniza.
Ese día estuve un rato mirando al techo, sin poder dormir, preguntándome
si la había matado yo de la risa o se había muerto ella sola. Y, lo más
importante, ¿se fue sin sufrir? Yo creo que sí. Yo espero que sí.
Miguel
Ángel. 17/08/2024, Sevilla
